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Camino al Cairo

Era un día templado en Madrid y caluroso en El Cairo. Dejé Madrid a las cuatro de la tarde, con la emoción de llegar a Egipto. Este país, que llamamos la madre del mundo, significa mucho para nosotros. De aquí surgieron los gigantes de la literatura, la poesía, la música y el pensamiento de la era moderna.

Viajaba hacia Egipto por primera vez desde el oeste, aunque el país se encuentra al este, ya que nunca antes había tenido la oportunidad de visitarlo. El avión se balanceaba suavemente entre el cielo y el mar, nadando entre nubes. El horizonte se extendía a nuestro alrededor, y solo había mar azul y cielo, con nubes que aparecían y desaparecían. El sol se había ido mientras estábamos en el cielo, y al recibir la noche mediterránea, mi corazón latía fuerte mientras nos acercábamos al este. Evocaba muchas cosas de mi memoria, volviendo a mi infancia una vez más. Con los ojos abiertos, imaginaba las islas que parecían barcos perdidos en el mar.

Foto Nilo Silvia Gabriele

La vista desde el cielo nos invitaba a bajar, tomar un café y luego continuar el viaje. Pensé que Sindbad tuvo más suerte que nosotros, pues voló sobre una alfombra mágica, recorriendo largas distancias y aterrizando donde quisiera. Sindbad es una figura privilegiada en la tradición oriental, y en Egipto vivió muchas aventuras. Luego recordé a Ibn Battuta, quien cruzó tierras lejanas, visitó Egipto y quedó profundamente impresionado por este país, aunque hablaré más sobre él más adelante.

Mi mente voló hacia un viaje que hice por el desierto, al otro lado, que tiene muchas similitudes con el mar. Tuve el privilegio de atravesarlo por tierra, y allí, casi como en un sueño, conocí a Sindbad y a Ibn Battuta. Juntos cruzaron ese desierto, pero no necesitaron pasaporte ni tarjeta de identificación, como si el mundo de aquel entonces fuera más humano y seguro.

Foto esfinge Silvia Gabriele

Miré la pantalla que mostraba el itinerario: estábamos cerca de Egipto. Entonces vi, en la distancia, un aura de luz llenando el horizonte: era Palestina, tan cerca del cielo. Durante un año había estado conectado con ella, y vi cómo los espíritus inocentes ascendían como ángeles, rodeados por nubes blancas, buscando un lugar que realmente merecieran: un “paraíso”. Mientras tanto, nosotros estábamos reclinados en nuestros asientos, tomando café y esperando para salir a la calle, para decir con firmeza: “Palestina libre”. Luego volvíamos a nuestras camas, tranquilos y seguros.

Recordé a esos pequeños valientes, los niños de Gaza, con ojos negros, verdes y azules, que representan nuestro mundo. Los admiro profundamente por su gran determinación y fe inquebrantable que mueve montañas. Me dije a mí mismo que, como ellos, también fui firme en mi fe cuando era niño, por lo que era más paciente, más tranquilo, más seguro y confiado. Pero ahora me tambaleo y tropiezo por razones triviales, igual que este avión se sacudía debido a las turbulencias. Gaza es una escuela a la que debemos acudir para renovar nuestra fe y humanidad.

Foto Palestina Silvia Gabriele

Detuve las lágrimas que brotaban de mis ojos. Estas lágrimas siempre han sido nuestras palabras, aquellas para las cuales no encontramos letras que puedan resumir su significado en momentos de alegría, tristeza y desesperanza. Continué meditando en silencio.

Cuando nos acercamos a El Cairo, comencé a oler el aire del Nilo y vi la luz que emergía desde la ciudad, tan grande como se ve desde el cielo y tan imponente como desde la tierra. Llegar a El Cairo de noche no te transmite tranquilidad. La ciudad nunca duerme; de hecho, su noche es tan ruidosa como su día, y a veces el día parece incluso más silencioso que la noche.

Tras esperar varias horas, tomé un taxi que me llevó desde el Aeropuerto Internacional de El Cairo hasta la famosa calle Faisal, una de las avenidas más concurridas de Egipto, ubicada en Giza, cerca de la calle Al-Haram.

Comencé a charlar con el conductor, quien, amablemente, me ofreció un cigarrillo. “¿Fumas, Pasha?” me preguntó. Agradecí su gesto mientras él exhalaba el humo, tosiendo con fuerza. Era como si su boca, con sus dientes desgastados, fuera la boquilla de un viejo cañón recién disparado.

 

Le dije: “Tranquilízate, el cigarrillo es perjudicial para tu salud”. Él se rió y me respondió: “Mil y una cosas son perjudiciales para mi salud, pero no importa mucho. El humo es solo una droga para hacerme olvidar mi realidad”.

Estaba cansado porque pasé casi cuatro horas esperando en el aeropuerto, haciendo trámites, buscando un banco para cambiar dinero y comprando una tarjeta telefónica para poder comunicarme. Finalmente, llegué al hotel. Era mi primera noche en El Cairo, o incluso podría decir que era el primer día, pues dentro de una hora amanecería.

Foto Silvia Gabriele

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